Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá
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¡Oh tú que buscas la verdad! Ha llegado tu carta fechada el 13 de diciembre de 1920.
Desde los días de Adán hasta hoy, se han puesto de manifiesto las religiones de Dios una tras otra. Cada una de ellas cumplió su función debida, vivificó a la humanidad y proporcionó educación e ilustración. Libraron a las gentes de la oscuridad del mundo de la naturaleza y les hicieron entrar en el esplendor del Reino. A medida que se revelaba cada Religión sucesiva y su Ley, durante algunos siglos permanecía como un árbol cargado de frutos y a ella le era encomendada la felicidad de la humanidad. Sin embargo, al transcurrir los siglos, envejecía, ya no florecía ni daba fruto, por lo cual era entonces rejuvenecida nuevamente.
La religión de Dios es una sola religión, mas debe ser siempre renovada. Moisés, por ejemplo, fue enviado a la humanidad; Él estableció una ley, y por esa ley mosaica los hijos de Israel fueron librados de su ignorancia y fueron iluminados; fueron rescatados de su abyección y alcanzaron una gloria que no palidece. Sin embargo, a medida que transcurrían lentamente los años, se acababa ese esplendor, se ocultaba esa refulgencia y se volvía noche ese día luminoso; y una vez que esa noche se hizo triplemente oscura, despuntó la estrella del Mesías, de modo que una gloria iluminó nuevamente el mundo.
Lo que queremos decir es esto: la religión de Dios es una sola, y es la educadora de la humanidad, mas necesita ser renovada. Cuando plantas un árbol, su altura aumenta día tras día. Produce flores, hojas y sabrosos frutos. Pero después de un largo tiempo, se vuelve viejo y ya no produce ningún fruto. Entonces el Cultivador de la Verdad recoge la semilla de ese mismo árbol y la siembra en un suelo virgen; y de pronto aparece el primer árbol, tal como era antes.
Presta atención a que, en este mundo de la existencia, todas las cosas deben ser constantemente renovadas. Mira el mundo material que te rodea y ve cómo ha sido renovado ahora. Los pensamientos han cambiado, se han modificado los modos de vida, las ciencias y las artes muestran un nuevo vigor, hay nuevos descubrimientos e invenciones, hay nuevas percepciones. ¿Cómo, entonces, no iba a renovarse un poder tan vital como el de la religión, el garante de los grandes progresos de la humanidad, el medio mismo de lograr la vida sempiterna, el promotor de excelencia infinita, la luz de ambos mundos? Ello sería incompatible con la gracia y la bondad del Señor.
La religión, además, no es una serie de creencias, un conjunto de costumbres; la religión son las enseñanzas de Dios nuestro Señor, enseñanzas que constituyen la vida misma de la humanidad, impulsan la mente hacia pensamientos elevados, refinan el carácter y sientan las bases del honor sempiterno del hombre.
Observa: estas fiebres del mundo de la mente, estos fuegos de guerra y de odio, de resentimiento y de malevolencia entre las naciones, esta agresión de pueblos contra pueblos, que han destruido la tranquilidad del mundo entero, ¿podrían calmarse alguna vez por otro medio que no fueran las aguas vivientes de las enseñanzas de Dios? ¡No, jamás!
Y es evidente que hace falta un poder que esté por encima y más allá de los poderes de la naturaleza para convertir esta tenebrosa oscuridad en luz y transformar estos odios y resentimientos, estos rencores y despechos, estos interminables enfrentamientos y guerras en confraternidad y amor entre todos los pueblos de la tierra. Este poder no es otro que los hálitos del Espíritu Santo y la gran influencia de la Palabra de Dios.
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