Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá

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Tú me ves, oh mi Dios, inclinado en sumisión, humilde ante Tus mandamientos, sometido a Tu soberanía, temblando ante el poder de Tu dominio, huyendo de Tu ira, implorando Tu gracia, confiando en Tu perdón, estremecido de temor ante Tu furia. Te imploro con corazón palpitante, con un torrente de lágrimas y con el alma llena de anhelo, y completamente desprendido de todas las cosas, que hagas de Tus amantes rayos de luz que atraviesen Tus dominios, y que ayudes a Tus siervos escogidos a exaltar Tu Palabra, de modo que sus rostros se vuelvan hermosos y radiantes de esplendor, sus corazones se llenen con los misterios, y cada alma deponga su carga de pecados. Protégelos, pues, del agresor, de aquel que se ha convertido en un desvergonzado y blasfemo malhechor.

En verdad, Tus amantes están sedientos, oh mi Señor; condúcelos al manantial de munificencia y gracia. En verdad, están hambrientos; hazles llegar Tu mesa celestial. En verdad, están desnudos; atavíalos con las prendas del saber y del conocimiento.

Son héroes, oh mi Señor; condúcelos al campo de batalla. Son guías; haz que se expresen con argumentos y pruebas. Son sirvientes; haz que repartan la copa que rebosa con el vino de la certeza. Haz de ellos, oh mi Dios, aves cantoras que gorjean en hermosos jardines, leones emboscados en las espesuras, ballenas que se sumergen en las vastas profundidades.

En verdad, Tú estás dotado de abundante gracia. No hay otro Dios más que Tú, el Fuerte, el Poderoso, el Eterno Conferidor.

¡Oh mis amigos espirituales! De un tiempo a esta parte las presiones han sido severas, y las restricciones, como grillos de hierro. Este agraviado desventurado ha quedado completamente solo, pues se cerraron todos los caminos. Se les prohibió a los amigos que llegaran hasta mí, los leales fueron excluidos, me rodeó el enemigo y los malvados vigilantes eran feroces y osados. A cada instante, una nueva aflicción. Con cada aliento, una nueva angustia. Tanto parientes como extraños estaban al ataque; de hecho, queridos amigos de otrora, carentes de fe y despiadados, eran peores que enemigos al proceder a hostigarme. Nadie había para defender a ‘Abdu’l-Bahá, nadie para ayudarle ni para protegerle, ningún aliado, ni paladín. Me ahogaba en un mar sin ribera, siempre golpeándome los oídos, como graznidos de cuervos, las voces de los desleales.

A cada amanecer, triple oscuridad. Al atardecer, tiranía sin piedad. Y nunca un momento de paz, y nunca un bálsamo para las rojas heridas dejadas por las lanzas. De un momento a otro llegaría la noticia de mi exilio a las arenas de Fezzán; a cualquier hora sería arrojado al mar infinito. Ora decían que estos vagabundos sin hogar estaban por fin arruinados; ora que pronto sería utilizada la cruz. Este gastado cuerpo mío se convertiría en blanco de las balas o las saetas; o bien este débil cuerpo sería destrozado por la espada.

Nuestros hostiles conocidos no podían contenerse de alegría y nuestros traicioneros amigos se regocijaban. “Alabado sea Dios”, exclamaba uno, “porque nuestro sueño se ha hecho realidad”. Y otro: “Gracias a Dios, nuestra lanza ha dado en el corazón”.

La aflicción golpeaba a este cautivo como las copiosas lluvias de la primavera, y las victorias de los malévolos se abatían en un torrente implacable y, con todo, ‘Abdu’l-Bahá permanecía feliz y sereno, confiado en la gracia del Todomisericordioso. Ese dolor, esa angustia eran un paraíso de toda delicia, esas cadenas eran el collar de un rey en un trono del cielo. Contento con la voluntad de Dios, totalmente resignado, mi corazón se rendía a todo cuanto me deparase el destino y era feliz. Tenía por compañero inseparable una gran alegría.

Finalmente llegó el tiempo en que los amigos se volvieron inconsolables y abandonaron toda esperanza. Entonces despuntó el alba e inundó todo con luz infinita. Se dispersaron las imponentes nubes, las lúgubres sombras desaparecieron. En ese instante cedieron los grilletes, se soltaron las cadenas del cuello de este ser desamparado y fueron colgadas al cuello del enemigo. Esa gran angustia se tornó alivio y en el horizonte de las mercedes de Dios despuntó el sol de la esperanza. Todo ello fue por la gracia de Dios y Sus dádivas.

Y, sin embargo, desde cierto punto de vista, este errante estaba triste y desconsolado. ¿Contra qué dolor buscaría consuelo en tiempos venideros? ¿La noticia de qué deseo concedido me daría regocijo? Ya no habría tiranía, ni aflicción, ni sucesos trágicos, ni tribulaciones. Mi única alegría en este mundo que pasa velozmente era la de hollar el pedregoso camino de Dios y soportar duras pruebas y todos los pesares materiales. Pues de otro modo esta vida terrenal resultaría estéril y vana, y sería mejor la muerte. El árbol del ser no daría fruto; el campo sembrado de esta existencia no produciría cosecha. Y así, es mi esperanza que nuevamente alguna circunstancia haga rebosar mi copa de angustia y que el bello Amor, ese Matador de almas, deslumbre nuevamente a los espectadores. Entonces este corazón se sentirá dichoso, esta alma será bienaventurada.

¡Oh Divina Providencia! Alza a los labios de Tus amantes una copa rebosante de angustia. Haz que a los anhelantes en Tu camino la dulzura les cause sólo escozor y que el veneno les sea dulce como la miel. Haz que nuestras cabezas sean el ornamento de las puntas de las lanzas. Haz de nuestros corazones el blanco de las despiadadas saetas y los dardos. Resucita a esta alma marchita en el campo del martirio, haz que este corazón mustio beba el trago de la tiranía y así se vuelva fresco y hermoso una vez más. Hazle embriagarse con el vino de Tu eterna Alianza, haz de él un juerguista que sostiene en alto su copa. Ayúdale a desechar su vida; concédele que sea ofrendado en Tus aras.

Tú eres el Fuerte, el Poderoso, Tú eres el Conocedor, el Veedor, el Oidor.