Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá

35

¡Oh ejército de Dios! Se ha recibido una carta firmada por todos vosotros. Es muy elocuente y está llena de sabor, y fue un placer leerla.

Escribisteis acerca del mes del ayuno. Bienaventurados sois, pues habéis seguido la Ley de Dios y os habéis dispuesto a observar el ayuno durante estos benditos días, porque este ayuno físico es símbolo del ayuno espiritual. Este ayuno conduce a limpiar el alma de todos los deseos egoístas, a adquirir atributos espirituales, a ser atraído por las brisas del Todomisericordioso y a encenderse con el fuego del amor divino.

Vuestra carta también ofrece pruebas de vuestra unidad y de la cercanía de vuestros corazones. Es mi esperanza que el Occidente, por la ilimitada gracia que Dios derrama en esta nueva era, se convierta en el Oriente, el punto de amanecer del Sol de la Verdad, y los creyentes occidentales, en las auroras de luz y las manifestaciones de los signos de Dios; que sean protegidos de las dudas de los negligentes y permanezcan firmes e inamovibles en la Alianza y en el Testamento; que trabajen con empeño día y noche hasta despertar a los que duermen y volver atentos a los inconscientes e incluir a los proscritos para que sean amigos íntimos del círculo interior, y concedan a los desposeídos su porción de gracia eterna. Que sean los pregoneros del Reino, que convoquen a los habitantes de este mundo inferior y los exhorten a entrar en el dominio de lo alto.

¡Oh ejército de Dios! En la actualidad, en este mundo, cada pueblo vaga por su propio desierto, moviéndose de un lado para otro según los dictados de sus fantasías y sus antojos, persiguiendo su propio y particular capricho. Entre todas las numerosas masas de la tierra, tan sólo esta comunidad del Más Grande Nombre está libre y exenta de estratagemas humanas y carente de propósitos egoístas que promover. Entre todas ellas, sólo este pueblo se ha puesto de pie con propósitos purificados del yo, siguiendo las Enseñanzas de Dios, trabajando asiduamente y esforzándose por una única meta: convertir este polvo inferior en el alto cielo, hacer de este mundo un espejo del Reino, transformar este mundo en un mundo diferente y hacer que toda la humanidad adopte el proceder de la rectitud y una nueva forma de vivir.

¡Oh ejército de Dios! Por la protección y la ayuda concedidas por la Bendita Belleza –que mi vida sea un sacrificio por Sus amados– debéis comportaros de modo tal que destaquéis entre otras almas, distinguidos y brillantes como el sol. Si alguno de vosotros entrara en una ciudad, debería convertirse en un centro de atracción por su sinceridad, su lealtad y amor, su honradez y fidelidad, su veracidad y su bondad hacia todos los pueblos del mundo, a fin de que los habitantes de esa ciudad exclamen: “Este hombre es indiscutiblemente un bahá’í, pues sus modales, su comportamiento, su conducta, sus costumbres, su naturaleza y disposición reflejan los atributos de los bahá’ís”. Hasta que no alcancéis esta posición, no podréis decir que habéis sido fieles a la Alianza y al Testamento de Dios. Pues Él, mediante irrefutables Textos, estableció con todos nosotros una Alianza obligatoria, que nos exige actuar de acuerdo con Sus sagradas instrucciones y consejos.

¡Oh ejército de Dios! Ha llegado el momento en que han de manifestarse en esta edad excelente los efectos y las perfecciones del Más Grande Nombre, a fin de establecer, fuera de toda duda, que esta era es la era de Bahá’u’lláh, y esta época destaca por encima de todas las demás épocas.

¡Oh ejército de Dios! Cuando veáis a una persona que dirige toda su atención hacia la Causa de Dios; cuyo único propósito es hacer que entre en vigor la Palabra de Dios, que de día y de noche, con intención pura, presta servicios a la Causa; en cuyo proceder no se ve la menor huella de egoísmo o motivos personales; que más bien vaga aturdido por el desierto del amor de Dios, que sólo bebe del cáliz del conocimiento de Dios, está dedicado por completo a difundir las perfumadas fragancias de Dios y está enamorado de los santos versículos del Reino de Dios, sabed con certeza que esta persona será apoyada y fortalecida por el cielo; que, como la estrella matutina, siempre resplandecerá brillantemente en los cielos de la gracia eterna. Mas si mostrare la más leve mancha de deseos egoístas y de narcisismo, sus esfuerzos no conducirán a nada y, al final, será destruido y quedará sin esperanza.

¡Oh ejército de Dios! Gracias a Dios, Bahá’u’lláh ha quitado las cadenas de la cerviz de la humanidad y ha librado al hombre de cuanto le estorbaba, diciéndole: Sois los frutos de un solo árbol y las hojas de una misma rama; sed compasivos y bondadosos con toda la raza humana. Tratad a los extraños igual que a los amigos, apreciad a otros como si fueran de los vuestros. Ved a los enemigos como amigos; a los demonios como ángeles; ofreced al tirano el mismo gran amor que demostráis a los leales y verdaderos, y cual gacelas de las fragantes ciudades de Khatá y Khután, brindad perfumado almizcle al lobo voraz. Sed un refugio para el temeroso; llevad descanso y paz al agitado; asegurad el porvenir del menesteroso; sed un tesoro de riqueza para el pobre; sed un remedio que cure a aquellos que sufren dolor; sed médico y enfermera para el doliente; promoved la amistad, el honor, la conciliación y la devoción a Dios en este mundo de la no existencia”.

¡Oh ejército de Dios! Haced un ingente esfuerzo para que tal vez inundéis de luz esta tierra, para que esta choza de barro que es el mundo llegue a ser el Paraíso de Abhá. Se ha enseñoreado la oscuridad y prevalecen los rasgos del bruto. El mundo del hombre es ahora un ruedo para las bestias salvajes, un campo donde aprovechan la ocasión los ignorantes, los negligentes. Las almas de los hombres son lobos rapaces y animales con ojos cegados, o son veneno mortal o cizaña inservible, todos salvo unos pocos, que en verdad abrigan propósitos y planes altruistas para el bienestar de sus semejantes; mas en este aspecto, es decir, el servicio a la humanidad, debéis sacrificar la propia vida y, al entregaros, sentiros alegres.

¡Oh ejército de Dios! El Exaltado, el Báb, renunció a la vida. La Bendita Perfección, con cada hálito, renunciaba a cien vidas. Padeció calamidades; sufrió angustia; fue apresado; fue encadenado; fue echado de Su hogar y desterrado a países lejanos. Luego, finalmente, terminó Sus días en la Más Grande Prisión. Asimismo, una gran multitud de amantes de Dios que siguieron este camino gustaron la miel del martirio y renunciaron a todo: la vida, los bienes, la familia, todo cuanto poseían. Cuántos hogares fueron reducidos a escombros; cuántas moradas fueron violadas y saqueadas; cuántos nobles edificios fueron derribados; cuántos palacios fueron demolidos y convertidos en tumbas. Y todo ello acaeció para que la humanidad fuese iluminada, la ignorancia cediese lugar al conocimiento, los hombres de la tierra llegasen a ser hombres del cielo, la discordia y la disensión fuesen arrancadas de raíz y llegase a establecerse en todo el mundo el Reino de la Paz. Esforzaos ahora para que se ponga de manifiesto esta merced, y esta más amada de todas las esperanzas se realice con gran esplendor en toda la comunidad del hombre.

¡Oh ejército de Dios! Cuidado, no sea que hagáis daño a algún alma, o que hagáis entristecerse a algún corazón; no sea que con vuestra palabra hiráis a algún hombre, ya sea conocido o desconocido, ya sea amigo o enemigo. Orad por todos; que todos sean bendecidos, que todos sean perdonados. Cuidado, cuidado, no sea que alguno de vosotros busque venganza, aunque fuese contra alguien que está sediento de vuestra sangre. Cuidado, cuidado, no sea que hiráis los sentimientos de alguien, aun cuando fuere un malhechor y os deseare el mal. No consideréis a las criaturas, volveos a su Creador. No veáis a las gentes pertinaces, sino al Señor de las Huestes. No miréis el polvo, alzad la vista hacia el radiante sol, el cual ha hecho que todo pedazo de tierra oscura resplandezca de luz.

¡Oh ejército de Dios! Cuando irrumpa la calamidad, sed pacientes y estad calmados. Por muy aflictivos que sean vuestros sufrimientos, permaneced impasibles y, con perfecta confianza en la abundante gracia de Dios, afrontad la tempestad de las tribulaciones y las feroces pruebas.

El pasado año, varios de los infieles, tanto de dentro como de fuera, tanto conocidos por nosotros como desconocidos, presentaron al sultán de Turquía cargos calumniosos contra estos exiliados sin hogar, formulando contra nosotros graves acusaciones carentes, de hecho, de base alguna. El gobierno, actuando con prudencia, determinó examinar esos cargos y envió a una comisión de investigación a esta ciudad. Obviamente ello presentaba una gran oportunidad a nuestros malquerientes, y desataron una enorme tormenta, más allá de la descripción de lengua o pluma alguna. Tan sólo alguien que lo presenciara podía darse cuenta del tumulto que crearon y el terremoto de angustia que ello trajo como consecuencia. Y, no obstante, la respuesta fue el depender totalmente de Dios, y el permanecer serenos, confiados, pacientes e impasibles, a tal punto que una persona que no supiese nada de la situación nos hubiese creído tranquilos en mente y corazón, perfectamente felices, prósperos y en paz.

Entonces ocurrió que los propios acusadores, aquellos que habían presentado los cargos difamatorios contra nosotros, se unieron a los miembros de la Comisión para investigar las acusaciones, de modo que los demandantes, los testigos y el juez eran todos uno y el mismo, y la conclusión estaba predeterminada. No obstante, para ser justos, debe señalarse que hasta ahora Su Majestad el sultán de Turquía no ha prestado atención a estos falsos cargos, a esta difamación, a estas fábulas y calumnias, y ha obrado con justicia. [...]

¡Oh Proveedor! Tú has exhalado sobre los amigos de Occidente la perfumada fragancia del Espíritu Santo y, con la luz de la guía divina, has iluminado el cielo del Oeste. Has hecho que se acerquen a Ti quienes otrora se hallaban alejados; has convertido a los extraños en amigos amorosos; has despertado a aquellos que dormían; has vuelto conscientes a los desatentos.

¡Oh Proveedor! Ayuda a estos nobles amigos a ganarse Tu complacencia, y hazlos bienquerientes de extraños y de amigos por igual. Condúcelos al mundo que perdura por siempre; otórgales una parte de la gracia celestial; haz que sean bahá’ís verdaderos, entregados sinceramente a Dios; guárdalos de las apariencias y afiánzalos firmemente en la verdad. Hazlos signos y señales del Reino, estrellas luminosas en los horizontes de esta vida inferior. Haz que sean un consuelo y un solaz para el género humano, y sirvientes de la paz del mundo. Alégralos con el vino de Tu consejo, y permite que todos ellos sigan el camino de Tus mandamientos.

¡Oh Proveedor! El más caro deseo de este siervo de Tu Umbral es contemplar a los amigos de Oriente y Occidente en un estrecho abrazo; presenciar a todos los miembros de la sociedad humana reunidos con amor en una única gran asamblea, como gotas de agua recogidas en un mar inmenso; verlos a todos como aves en un mismo jardín de rosas, como perlas de un mismo océano, como hojas de un mismo árbol, como rayos de un mismo sol.

Tú eres el Fuerte, el Poderoso, y Tú eres el Dios de fuerza, el Omnipotente, Quien todo lo ve.