¡Oh flor del Árbol de la Vida! Dichosa eres por haberte aprestado para el servicio; por haberte dispuesto con todo tu poder a promulgar las enseñanzas divinas, por haber convocado a reuniones y haberte esforzado por exaltar la Palabra de Dios.
En este mundo mortal todo asunto importante tiene su fin; y todo logro extraordinario, su término; nada existe permanente. Por ejemplo, considera cómo los importantes logros del mundo antiguo han sido completamente destruidos y ni una huella ha quedado de ellos, salvo la gran Causa del Reino de Dios, que no tiene principio ni tendrá fin. A lo sumo es sólo renovada. Al comienzo de cada renovación no llama en lo más mínimo la atención a la vista del pueblo, mas, una vez que se establece, avanza diariamente y su cotidiana exaltación alcanza los cielos supremos.
Por ejemplo, considera el día de Cristo, que fue el día de la renovación del Reino de Dios. Las gentes del mundo no le dieron ninguna importancia ni se percataron de su significado, a tal punto que el sepulcro de Cristo permaneció perdido y desconocido durante trescientos años, hasta que llegó la sierva de Dios, Helena, madre de Constantino, y descubrió el lugar sagrado.
Mi propósito en todo esto es mostrar cuán poco observadoras y cuán ignorantes son las gentes del mundo y que en el día del establecimiento del Reino permanecen desatentas y negligentes.
Dentro de poco el poder del Reino rodeará a todo el mundo y entonces serán despertados, y llorarán y se lamentarán por aquellos que fueron oprimidos y martirizados, y suspirarán y gemirán. Tal es la naturaleza de la gente.
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