Selecciones de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá
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¡Oh amantes de la verdad y siervos del género humano! De la floración de vuestros pensamientos y esperanzas me han llegado fragantes emanaciones, por lo cual un sentimiento interior de obligación me impulsa a poner por escrito estas palabras.
Observáis cómo el mundo está en lucha consigo mismo, cuántos países están ensangrentados y su mismo polvo está amasado con sangre humana. Los fuegos del conflicto han despedido llamas tan altas que nunca, ni en la antigüedad, ni en la Edad Media, ni en los siglos recientes ha habido una guerra tan horrenda, una guerra que es como piedras de molino, que trituran como granos los cráneos de los hombres. Peor aún, pues han sido reducidos a escombros países florecientes, han sido arrasadas ciudades enteras y han sido convertidas en ruinas muchas aldeas, otrora prósperas. Los padres han perdido a sus hijos y los hijos a sus padres. Las madres han llorado a mares por sus hijos muertos. Los niños han quedado huérfanos, las mujeres han tenido que vagar errantes, sin hogar. Desde todo punto de vista, la humanidad se ha sumido en la bajeza. Muy fuertes son los gritos desgarradores de los niños sin padre; muy fuertes, las angustiadas voces de las madres, que llegan hasta el cielo.
Y el caldo de cultivo de todas estas tragedias es el prejuicio: prejuicio de raza y de nación, de religión, de opinión política; y la causa fundamental del prejuicio es la ciega imitación del pasado, imitación en religión, en actitudes raciales, en tendencias nacionalistas, en intereses políticos. Cuanto más tiempo persista esta imitación ciega del pasado, tanto más serán lanzadas a los cuatro vientos las bases del orden social y tanto más estará la humanidad continuamente expuesta a grave peligro.
Ahora, en una edad tan iluminada como la nuestra, cuando han sido puestas al descubierto las realidades anteriormente desconocidas para el hombre, y han sido revelados los secretos de las cosas creadas, y la alborada de la Verdad ha despuntado e iluminado el mundo, ¿es admisible que los hombres tengan que librar una espantosa guerra que está llevando a la humanidad a la ruina? ¡No, por Dios nuestro Señor!
Jesucristo emplazó a toda la humanidad a la amistad y la paz. A Pedro le dijo: “¡Guarda tu espada en la vaina!”. Ése fue el mandato y el consejo de Cristo el Señor y, sin embargo, hoy todos los cristianos han desenvainado sus espadas. ¡Cuán grande es la discrepancia entre tales actos y el texto explícito del Evangelio!
Hace sesenta años surgió Bahá’u’lláh como el Sol sobre Persia. Él manifestó que los cielos del mundo estaban oscuros, que esta oscuridad presagiaba calamidad, y que sobrevendrían terribles guerras. Desde la prisión de ‘Akká, se dirigió al Emperador de Alemania en los más claros términos, diciéndole que una gran guerra se acercaba y que su ciudad de Berlín iba a prorrumpir en lamentación y en llanto. Asimismo, escribió al soberano de Turquía, aunque Él era víctima de ese Sultán y estaba cautivo en su prisión –es decir, estaba encarcelado en la Fortaleza de ‘Akká– y afirmó claramente que Constantinopla sería sobrecogida por un cambio repentino y radical tan grande que las mujeres y los niños de esa ciudad se lamentarían y llorarían a voces. En resumen, dirigió tales palabras a todos los monarcas y presidentes, y todo sucedió exactamente como Él lo había profetizado.
De Su poderosa Pluma han surgido diferentes enseñanzas para la prevención de la guerra, y éstas han sido ampliamente difundidas.
La primera es la investigación independiente de la verdad; pues la ciega imitación del pasado atrofia la mente. Mas cuando cada alma indague la verdad, la sociedad será librada de la lobreguez de la continua repetición del pasado.
Su segundo principio es la unidad de la humanidad: que todos los hombres son las ovejas de Dios, y Dios es su amoroso Pastor, que a todas cuida con la mayor ternura sin favorecer ni a una ni a otra. “No verás diferencia en la creación del Dios de misericordia”, todos son Sus siervos, todos imploran Su gracia.
Su tercera enseñanza es que la religión constituye una poderosa fortaleza, pero que debe engendrar amor, no malevolencia y odio. Si conduce a la enemistad, al rencor y al odio, carece en absoluto de valor. Pues la religión es un remedio y, si el remedio causa enfermedad, entonces descartadlo. Por otra parte, en cuanto a las predisposiciones religiosas, raciales, nacionalistas y políticas: todos estos prejuicios tratan de cortar de raíz la vida humana; todos generan derramamiento de sangre y la ruina del mundo. Mientras esos prejuicios subsistan, habrá continuas guerras espantosas.
Para remediar esta condición, debe haber paz universal. Para llevarla a cabo debe establecerse un Tribunal Supremo que represente a todos los gobiernos y pueblos; los asuntos, tanto nacionales como internacionales, deben ser remitidos a él, y todos deben obedecer los decretos de este Tribunal. Si algún gobierno o pueblo le desobedeciere, todo el mundo deberá levantarse contra ese gobierno o pueblo.
Otra más de las enseñanzas de Bahá’u’lláh es la igualdad de hombres y mujeres y su igual participación en todos los derechos. Y hay muchos principios similares. Ha llegado a ser evidente ahora que estas enseñanzas son la vida misma y el alma del mundo.
Vosotros que sois siervos de la raza humana, esforzaos con todo el corazón por rescatar a la humanidad de esta oscuridad y de estos prejuicios, los cuales pertenecen a la condición humana y al mundo de la naturaleza, para que la humanidad encuentre el camino hacia la luz del mundo de Dios.
La alabanza sea para Él, porque estáis enterados de las diversas leyes, instituciones y principios del mundo; en la actualidad, nada que no sean estas enseñanzas divinas puede asegurar la paz y tranquilidad de la humanidad. A no ser por estas enseñanzas, esta oscuridad nunca desaparecerá, estas enfermedades crónicas nunca se curarán; es más, se harán más violentas de día en día. Los Balcanes permanecerán descontentos; su inquietud aumentará; las potencias derrotadas continuarán promoviendo la agitación; recurrirán a cualquier medida para volver a encender la llama de la guerra. Ciertos movimientos surgidos hace poco y de alcance mundial harán el mayor esfuerzo para lograr sus propósitos. El movimiento de izquierda adquirirá gran importancia. Su influencia se extenderá.
Esforzaos, por tanto, con la ayuda de Dios, con la mente y el corazón iluminados y una fuerza que proviene del cielo, por convertiros en una dádiva de Dios para el hombre, y crear, para toda la humanidad, bienestar y paz.
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